¿Cuánto puede dañar una profesora a una niña? – Parte 2

Cuándo tu amiga te dice que la profesora “la ha tomado contra ella”, ¿le crees?

En quinto año intenté de nuevo estar en el taller de danza. Me inscribí dispuesta a dar de mí lo mejor. Era mi ultimo año en el colegio, así que quería tener ese recuerdo.

El primer y único día que fui al taller, como ya conté en el post anterior, la profesora de Arte (la mamá de Sully) se la pasó diciéndome lo pésima bailarina que era, que no tenía gracia, que no sabía mover la cadera o la cintura al ritmo de la música, que era una “desorejada” (sin ritmo). Me sentí tan mal, pero en verdad tan mal que en un momento pedí permiso de ir al baño y me escondí a llorar. No iba a poder tolerar esto por medio año hasta el día de la presentación, no podía. Me sentí gorda, fea, fofa, sin gracia; vomité en el baño (un vomito provocado) y retorné a la zona donde estaban practicando.

Cuando volví, vi que todas estaban en un receso y se habían conglomerado alrededor de Sully. Me acerque con cautela pues era evidente que una chica estaba discutiendo con ella. Cuando pude oír la discusión, escuche:

– … tú mamá siempre te va a elegir como la mejor bailarina, no porque bailes bien, sino porque es tú mamá. A muchas de nosotras nos salen mejor los pasos, como a Emilia (y me apunto con su dedo) pero tu mamá nunca lo va a reconocer.

Pero yo bailo bien – decía Sully, encolerizada y altanera.

Si, pero algunas lo hacemos mejor que tú. Deberías ser consciente y decirle a tu mamá que sea tan obvia con su favoritismo, porque así ya nadie querrá bailar pues los ensayos no son justos.

Sully rompió a llorar y salió corriendo. Dos chicas salieron tras ella, pero el resto (unas 20) se quedaron en donde se produjo la discusión. Entonces una de ellas me miro, no recuerdo quien fue, y me dijo:

“Aunque bailes bien, y lo haces, nunca te van a tratar bien porque eres la competencia de la hija de la profesora. No eres la única a la que le dice desorejada, sin ritmo o gorda. Si no eres amiga de Sully, te seguirá tratando mal”.

No volví al taller de danza ese año. El día que mis compañeras se presentaron en el número de gala, lloré viéndolas bailar. Adoraba la danza, y no podía bailar con ellas pues en ese taller, y con esa profesora, me convertía en el ser más torpe del mundo.

Como cereza del pastel, seguí destacando en el taller de Teatro y participando en varias obras escolares, y seguí obteniendo 12 de nota en Arte. Mi máxima nota fue 15, y fue cuando nos tomaron como examen “Historia del Arte”; como en ese entonces no hubo que dibujar, repujar, pegar, ni cantar; pude tener 15.

Recuerdo que hicimos un trabajo en latón, con cera y en alto relieve. Recuerdo que lo hice con amor y cuidado pues quería tener una buena nota. Recuerdo que puse mi diseño de latón (una flor) sobre una tablilla de madera, y escribí un poema el cual pegué al lado del diseño de latón. Mire mi trabajo y me pareció hermoso. Se lo mostré a mi mamá, y me pidió que no lo dejara en el colegio pues lo quería de adorno para la casa. Presenté este trabajo en el colegio y me pusieron 13 de nota. TRECE. Me sentí tan estúpida que me vi tentada a tirar el trabajo a la basura, pero no quería que mi mamá se enojara pensando que lo había olvidado en el colegio.

Este es el trabajo, tiene más de quinceaños en la pared de la casa, de ahí su poco color.

Nunca me sentí bien en el colegio. La profesora de Arte siempre me hizo sentir fuera de lugar. Esto, de la mano con que me sentía “desprotegida”, ya que mi mamá no iba a hablar con la directora ni con el coordinador (salvo la única vez que fue), siempre me sentí como que “yo debía manejar esto sola”, así sea aguantarme los papelones que me hacía sentir la profesora o así sea encerrarme en el baño a calmarme y respirar hondo para no llorar.

Seguro al leer esto, algunos dirán: “Ah pero a mi también me pasó algo así en el colegio y no me afecto tanto, ni me fui a llorar al baño!”, o “A mi me pasó lo mismo, pero el colegio fue la mejor época de mi vida”. Si es así, les felicito. Pero este post va para aquellos que como yo, o como alguien que tu conoces, que quizá por sensibilidad individual, por el poco apoyo que recibieron por parte de sus padres (o cuidadores), o porque atravesó momentos repetitivos de acoso y malestar; terminó percibiendo estos recuerdos como una gran mella en su historia personal.

La autoestima, eso de que tanto hablan los psicólogos y blogs de ayuda personal, se forma en cada día, en cada momento, y lamentablemente adultos y otras personas que conviven con una niña o niño contribuyen a su construcción (o destrucción). Sociólogos y psicólogos hacen hincapié en como la calificación que damos a los niños y adolescentes, recae hondo en la formación de la autoestima. Ser bueno académicamente (porque todos quieren un niño que tenga “A”, o diez o veinte de nota), ser bueno deportivamente (porque hay quienes quieren que su hijo sea el mejor, el más rápido, el capitán de equipo), y ser reconocido por lograr “algo” (porque no necesariamente que hagas algo bien, significa que las personas lo vayan a reconocer) son factores de la construcción de la autoestima.

Los docentes, más ala del cliché de que son como unos segundos padres, tienen una gran influencia en la vida y formación de los niños. Los docentes no solamente te van a enseñar matemáticas, a tildar las palabras, danzar o a hacer un bodegon de naturaleza muerta; los docentes van a dar una “tarea”, y cuando ese niño lo haga recibirá a cambio una calificación, y la calificación viene con valoración, aprecio, desvalorización y critica.

Yo ingresé a la universidad, y no me apunté al taller de danza. ¿Por que? porque cuando vi al grupo de danza de la universidad: todas eran delgadas, regias, talentosas y hermosas. Yo en ese momento me sentía fea, gorda, inútil, torpe, y que “solo era buena en matemáticas y ciencias”. No me anoté en ese taller, ni en el de Teatro pues llegué a pensar que solo había ganado un concurso de teatro por “suerte”. Afortunadamente, en la universidad también llevábamos ARTE como curso (y tenía mas de 7 créditos académicos de valor).

Digo afortunadamente, pues ahí volví a bailar, a actuar, a trabajar con títeres; y fui felicitada y reconocida. Y cuando nos asignaron hacer una pequeña escultura de yeso (y la mía salió horrible), la docente me dijo: tu fuerte es la danza, solo tienes que trabajar más el arte de la escultura. No dijo más, y yo no necesite más, no me sentí juzgada, ni avergonzada, sentí que podía tener la escultura más fea de la historia pero “sabía bailar”.

Pasaron los años y mi mamá cambio de trabajo, en su nuevo trabajo conoció a una mujer cuya hija era 5 años mayor que yo. La hija de esta señora, se llamaba Cielo. Cielo había estudiado en el mismo colegio que yo y durante su estancia en dicho colegio había ganado tres campeonatos regionales de marinera (Cielo bailaba hermoso!), pero en los 5 años de educación secundaria nunca tuvo más de 14 en el curso de Arte. ¿Quien fue su profesora? La misma que tuve yo, la mamá de Sully. La mama de Cielo le contó a mi mamá que su hija había tenido la mala suerte de fijarse en el mismo chico en el que se fijo la “hermana mayor de Sully” (le diremos Sully-2, quien era 5 años mayor que Sully), y al suceder esto se ganó calificativos como: “que pésimo pintas”, “que mal dibujas”, “Cielo no tiene voz para el coro, ni ritmo para la danza”, “Cielo no tiene presencia para pertenecer al show de teatro”. Cielo lloró muchas veces en el baño, como yo. La mamá de Cielo fue a quejarse al colegio más de 20 veces, e incluso se enfrentó verbalmente en dos o tres ocasiones a la profesora de arte obteniendo un:

“Señora no puedo hacer nada si su hija no tiene dotes artísticas y es nula en lo que a Arte se refiere”

La mamá de Cielo protestó mil veces, ya que si su hija que ganaba campeonatos de Marinera como es que podía ser considerada como “nula en Arte”.

Mi mamá vio un patrón y me lo contó. A mi ya no me importó mucho, ni recordaba como se llamaba el chico del amor platónico de secundaria y me parecía super ESTÚPIDO que una madre tome una actitud así contra otra mujer porque su hija sea rechazada. Era como: “Ah como en mi hija no se fijaron y en ti si, te haré la vida imposible”. Sonaba estúpido e inmaduro. Pero hay gente estúpida e inmadura, y con poder (porque un profesor tiene poder sobre un alumno o alumna), y yo la pase mal en el curso de Arte durante cinco años (igual que Cielo).

Al año siguiente, y por coincidencias de la vida, Sully se convirtió en alumna de mi mamá. Mi mamá era decana en una Universidad, y también dictaba clases, y Sully ingresó a esa facultad y le asignaron el curso que dictaba mi madre. Sully se la pasó estresada, sentada muy derechita, apenas dejaba escuchar su respiración durante las clases con mi madre. Mi mamá se dio cuenta y un día, en privado en su oficina, le dijo:

“Yo no soy como tu mamá. Yo no te voy a tratar mal por el hecho de que tu mamá trato mal a mi hija durante cinco años.

Tu eres mi alumna, yo soy tu profesora; y esa es nuestra relación, yo no te voy a hostigar ni incomodar. Los problemas de tu mamá son de ella, y si alguna vez tuviste una pelea con mi hija: es problema de ustedes. La primera lección para ti es que cuando uno hace un trabajo lo hace bien, con amor y con entrega; sin que medien problemas personales ni venganzas por problemas que nada tienen que ver con la función que ambas hemos venido aquí a cumplir: tu has venido a aprender y yo a enseñarte”.

Sully fue una alumna muy querida por mi mamá. Aunque ella nunca me volvió a hablar (no tengo idea de porque, tampoco me interesa).

La profesora de Arte seguro leerá este post pues tengo a muchas egresadas de mi colegio en redes sociales y creo que ella sigue enseñando.

Señora, usted me trato mal durante muchos años y me convenció que yo era una babosa para el arte y la pintura. Pero el tiempo me demostró que usted estaba errada, y yo merecía ser tratada con respeto, así haya sido la más ignorante en el curso de arte. Si viene conmigo, yo si la atenderé con respeto, no porque la haya perdonado, sino porque así se trata a las personas.

Pues en el curso de Arte, en las horas de clase, la mamá de Sully no paraba de decirme lo feos que eran mis dibujos, (1)
El poema que redacté. Ahora veo que era un pedido de auxilio de lo que sentía en ese momento. Esta corregido.
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