¿Cuánto puede dañar una profesora a una niña? – Parte 1

¿Cuánto puede dañar una maestra a una niña? Desde mi experiencia personal: MUCHO. Pero también nos puede enseñar a ser resilientes (con suerte y apoyo).

Siempre me gustaron mucho las danzas, la poesía, el teatro y hasta el canto. Digo “hasta el canto” porque nunca considere que haya tenido una bonita voz, pero me gustaba cantar y me esforzaba.

Durante toda mi educación primaria practiqué danzas, teatro y canto. Adoraba los ensayos y por mas agotada que estuviera, siempre tenia voluntad de practicar una hora más. Me sentía a gusto en los ensayos, y aún más en las presentaciones, pues mi profesoras y profesores me halagaban y felicitaban por mi buen desempeño. Sentía que encajaba, que tenía una misión, que “era buena en algo”. 

Al llegar a la secundaria mis padres me cambiaron de colegio. Fuimos a vivir a otra ciudad, en otra casa, en otro barrio, pase de un colegio mixto a un colegio exclusivamente para “señoritas”.

Me sentí totalmente sacada de contexto desde el primer día de clases: no tenía amigas, no conocía a nadie. Era obvio que esto pasara pues era “la nueva”. Además la dinámica de un colegio solo de mujeres es muy diferente a la dinámica de un colegio mixto. Encontré chicas más desinhibidas, más expresivas y que ya salían con chicos y algunas tenían novio. Yo venía de una escuela donde mi mejor amigo era un chico y con él siempre tomaba el refrigerio en la hora de recreo; no veía a los chicos como “novios”; sino como amigos o como “el chico insoportable que me quitaba los colores”. Las chicas, en este nuevo colegio, salían con chicos desde hace uno o dos años, hablaban de sus novios, de dietas, y de cual era el chico más guapo. Me sentí fuera de lugar.

Afortunadamente, con el tiempo, encontré amigas. Unas chicas un poco tímidas pero muy amables. Con los meses también descubrí que en este nuevo colegio había talleres de danza, de poesía, de canto y de teatro. ¡Me inscribí en todos!, además llevaba el curso de arte como parte del currículo escolar.

En los primeros meses fui feliz en esos talleres. La profesora del taller de danza me halagaba, me felicitaba por mi buena postura y me instaba a ayudar a mis compañeras a lograr pasos de baile. El profesor de poesía me recomendaba libros (¡los que me encantaban!). En el taller de canto, me escogieron para el coro del colegio, me dijeron que “mi voz podía trabajarse”.

Me sentía de nuevo “en casa”, a gusto, feliz.

Pero en esos primeros meses también me enamoré por primera vez. Conocí a un chico muy lindo, tímido y guapo; y se convirtió en mi amor platónico. Mala suerte la mía que también se convirtió en el amor platónico de una compañera del salón, a la que llamaremos Sully. Para aun más mala suerte mía, yo le gustaba también a este chico y él se lo dijo a sus amigos, así que nos convertimos en “la parejita platónica” de ese momento. No se si coincidió con el hecho de que se hiciera público que el chico se fijara en mi y no en Sully, pero recuerdo que un día, la profesora de Arte llegó al taller de danza y nos “evaluó los pasos”. Me sorprendió que nos evalue, pues el taller era independiente del curso de arte, pero ella dijo que tomaría en cuenta nuestro desempeño en los talleres para nuestra nota del curso de Arte.

Apenas me sacó al frente, me pidió que desarrolle los pasos de danza (los que ya sabía y practicaba desde hace un mes), entonces hice el paso y…. la profesora de Arte me gritó: ¡NO, NO TE SALE, NO LO HACES BIEN! DE NUEVO!; volví a hacerlo, un poco desconcertada porque no entendí en que me había equivocado, y me volvió a gritar: ¡NO, NO, NO, NO! PASAS AL FINAL DE LA FILA.

Y me mando al final de la fila. El final. Donde ponían a las chicas que no “sacaban el paso” o a las que “aun les faltaba practica”. La profesora de danzas intervino, explico que yo si sabía los pasos, recuerdo que ella dijo:

“Pero Emilia esta haciendo el paso, no entiendo su observación profesora”

Pero no hubo respuesta ni vuelta atrás. Me mandaron al final.

Una semana después apareció de nuevo la profesora de Arte con la noticia de que “eramos demasiadas chicas en una sola danza”, que “debía recortar personas porque no habría suficientes vestuarios para todas”; y acto seguido separo a 6 chicas (estaba yo entre ellas).

Entonces las 6 chicas dijimos: “¿Después de ensayar casi dos meses, nos van a sacar así del taller?”. La profesora de Arte ni nos miro, se dedicó a organizar a las chicas “que si quedaron”, entre las cuales estaba Sully, quien era su hija (Si, Sully quien me dejó de hablar cuando el chico que le gustaba a ella dijo que le gustaba yo, Sully era hija de la profesora de Arte).

Recuerdo que ese día, aún quedaba una hora de taller, las 6 chicas excluidas nos la pasamos mirando a las otras bailar. Sentíamos pena. Habíamos perdido casi dos meses bailando por nada. Afortunadamente, la profesora de danzas intervino por nosotras y consiguió presupuesto para armar otra coreografía, otro baile, con otro vestuario. Y ahí bailamos las 6 excluidas y llegamos a estar en la presentación de Gala que hacía el colegio a mitad de año.

Mala suerte la mía, pues este baile de 6 chicas gusto mucho a la Directora del colegio, y durante 3 o 4 meses fuimos el grupo de baile que el colegio enviaba a diversas presentaciones cuando le pedían “números artísticos”. No invitaban al otro grupo de chicas, “el de chicas elegidas”, si no al nuestro, al de excluidas. Tuve mala suerte. Pues en el curso de Arte, en las horas de clase, la mamá de Sully no paraba de decirme lo feos que eran mis dibujos, lo mal que me salían los collage, la pésima técnica de pintado que tenía y lo desafinada que era mi voz (también cantábamos en el curso de Arte).

Más de una vez cuando el salón entero pintaba en silencio, ella pasaba por entre nuestros sitios y se detenía al lado de mi carpeta y exclama en voz alta:

– NO! NO! ESTA MAL! NO SABES PINTAR! ES QUE NO HAS ENTENDIDO!

Y todas mis compañeras levantaban la cabeza a mirar a quien habían gritado. Yo me ponía de mil colores, y por más que me esforzaba, mi dibujo seguía siendo horrible.

Pasaron los meses, acabo el año, salimos de vacaciones y regresamos al colegio. Estaba ya en segundo de la secundaria.

Me inscribí de nuevo en todos los talleres. Los mismos del año anterior, solo para descubrir que este año no había profesora de Danza, sino que la profesora de Arte (la mamá de Sully) sería quien nos daría las clases de danza (además de dictar el curso de Arte).

Fui al primer día de taller de danza, y descubrí que era “carente de ritmo”, “no tenía gracia”, “mi cintura era rígida”, “no tenía postura”, “no me salía ningún paso”. Me sentí inútil. La mamá de Sully no dejaba de jalonearme del brazo de un lado a otro, según ella para colocarme en el sitio o posición que ella quería. Tampoco dejó de decirme, a cada momento, lo mala que era para bailar y que además “estaba gordita”.

Ese día, al retornar a casa, intenté hacer los pasos frente a mi espejo: realmente no me salía ninguno, me veia gordita y sin gracia. No volví al taller de danza, lo abandoné. También dejé el coro, pues en el curso de Arte nos hacían cantar y en varias ocasiones la profesora hacía callar al salón y me decía: “¡CANTA!”, y tenía que cantar sola, con los ojos de todas mis compañeras puestos en mí. “¡QUE MAL CANTAS!”, y en unos 5 horribles minutos la profesora intentaba enseñarme un tono y yo no podía imitarlo, entonces ella menaba la cabeza y me mandaba a callar. Por eso dejé el coro, porque “entendí” que mi voz era horrible.

Solo me quedé con el taller de Teatro. En ese taller no participaba la profesora de Arte. Ese taller era dirigido solo por un profesor, y era autónomo al escoger obras y escoger quien haría que papel. El teatro fue mi refugio. En ese año empezó mi bulimia, y además vivía una crisis familiar de la que no hablaba con nadie, así que el teatro era mi válvula de escape. Ese año hubo un concurso de teatro a nivel de toda la región donde participaron cerca de 20 a 24 grupos escolares de teatro. Participé con las chicas del taller y ganamos el segundo lugar, además que yo gané el premio a “Mejor actriz escolar regional”. Recuerdo que no cabía en mi de emoción cuando recibí ese premio, me sentí feliz y en paz. Mis amigas me abrazaron con cariño y otros chicos y chicas de otros colegios se acercaron a felicitarme. Me sentí “menos bicho raro”. 

Pero en el colegio todo seguía igual. En ese entonces la calificación del colegio era de 0 a 20, siendo 20 la máxima nota, y con nota de 10 ya estabas jalada. En ese año en que me reconocieron como “Mejor actriz escolar regional” tenía 12 como nota de ARTE. DOCE, a dos puntos de salir jalada. En casa mi mamá me llamaba la atención, mi papá me castigó sin propinas y amenazó con sacarme del taller de teatro por mi bajo rendimiento…. pero esperen, como puede tener 12 en el curso de arte si es excelente en teatro, y el teatro es una forma de arte (a esa conclusión llegaron mis padres).

Mi mamá, en ese entonces atravesaba una depresión mayor, pero a pesar de eso fue un día al colegio a quejarse por la profesora de arte y por la nota que tenía. La Directora del colegio le dijo “que vería el caso”, pero nunca lo vio. Mi mamá tenia una depresión mayor con la que lidiar, así que yo lidié con el curso de arte.

El curso de arte era donde todas mis compañeras se relajaban pintando, pegando trozos de revista, haciendo diseños con el compás, repujando latón o cantando. En el curso de arte yo me estresaba pues no podía pintar bien, mis diseños con compás eran pésimos y horribles, y no servía para repujar latón. Todas las tareas de arte las hacía con la mirada baja, mirando sólo mi trabajo, no levantaba los ojos para no darme con los ojos de la profesora pues creía que de esa manera evitaría que ella venga a ponerme en vergüenza delante de mis compañeras. Sin embargo, siempre, en cada clase, ella supo hacerme sentir como la persona más carente de talento del mundo.

Me gustaría poder decir que acabó el segundo año de secundaria y se acabó mi sufrimiento con el curso de Arte. Pero no fue así. El curso estaba en el currículo de primer a quinto año del nivel secundario, así que hasta que egresé del colegio fui “una inútil en pintura, dibujo, para repujar latón y para cantar”. Nunca volví a tomar el taller de canto. Nunca me inscribí en el taller de dibujo y pintura pues no quería ser humillada.

En mi ultimo año entendí que no era la única que había pasado estas humillaciones y sentí en una ocasión el apoyo de mis compañeras. (Continúa)

 

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