La mujer que aprendió a escribir su nombre.

El 9 de marzo, un día después del Día Internacional de la Mujer, fue el cumpleaños de mi tía abuela: Francisca, a quien conocía como Tía Panchita.

Ella me crió a mi y a otros 8 primos más, en la casa de mi abuela materna. Escribir lo que se su historia, me duele, pero fue el primer contacto que tuve con el “feminismo” (aunque en su momento nunca lo supe).

Cuando tenía 4 o 5 años, iba con ella al “Club de Madres” que era un lugar como un auditorio, hecho de quincha y adobe, donde les daban clases de tejido, elaboración de canastas de mimbre, bordado, les daban víveres (ocasionalmente) y también pesaban y tallaban a los niños que “estas madres” llevaran.

Ahí no iban madres, iban abuelas. Lo recuerdo bien porque yo iba con Francisca, y las niñas del barrio con las que solía jugar, iban con sus abuelas porque sus madres estaban trabajando o estudiando; igual que mi madre.

Pero en el “Club de Madres” también enseñaban a leer y escribir. Y es que casi todas las abuelas que asistían a este club eran mujeres mayores, migrantes, que aun llevaban polleras, sombreros de flores, y blusas satinadas, no era ropa de la “gente de la costa”, era ropa de su lugar de origen: la sierra, las montañas, aquellos lugares de cielo azul de donde habían migrado por diferentes razones. Si en la costa existían aun mujeres analfabetas, en la sierra esto era prevalente en la época de Francisca, así que el 90% de sus contemporáneas no sabía ni leer ni escribir.

Recuerdo que era divertido ir al “Club de Madres”, ya que no solo Panchita aprendió a bordar y tejer, yo también aprendí. Y así como yo aprendí a escribir mi nombre, ella aprendió a hacer lo mismo.

Recuerdo que un día caí en cuenta que Panchita había escrito su nombre en el poste de madera de su cama, en una pared de su cuarto (donde yo también dormía), en su cuaderno (que era un cuaderno con hojas en blanco sobrantes, que había sido de uno de mis tíos), y a veces lo escribía en la tierra (con una ramita). Lo escribía en letra imprenta, grande y con mano temblorosa:

“F R A N C I S C A   L O P E Z “

Amaba su nombre, y amaba poder escribirlo.

No se en que momento me dí cuenta que su hermana menor quien se llamaba Ofelia y era mi abuela, SI SABIA ESCRIBIR y además tenía un negocio en el mercado (por lo cual  deducimos que manejaba matemáticas básicas).  No entendía porque Francisca siendo la hermana mayor no supiera escribir, ni sumar, ni restar, y Ofelia si sabia; si ambas habían venido del mismo pueblo y habían crecido juntas.

En mi curiosidad le pregunte a Panchita, ella me contó:

Que Ofelia y Francisca vivían en el mismo pueblo. Hasta que Ofelia “se junto” con quien sería mi abuelo y se mudó a la costa, entonces Ofelia tuvo hijos. El marido de Ofelia era minero y se ausentaba por largos periodos de tiempo en que iba a trabajar; y Ofelia quería ir a verlo y “atenderlo”, pero no podía dejar a sus hijos solos, entonces fue a su pueblo a pedir ayuda a Francisca. Francisca, sin pensarlo dos veces, fue a ayudar a su hermana en la crianza de sus hijos. Treinta años y 9 hijos pasaron, tiempo en el cual Ofelia aprendió a leer y escribir de su esposo, quien además le enseño a sumar y restar. Ofelia iba y venia del campamento minero, mientras Francisca criaba a los hijos, además de cocinar, lavar, planchar, enseñarles a caminar a los niños, educarlos y básicamente: SER MADRE A TIEMPO COMPLETO de los hijos de su hermana.

En este tiempo Francisca no aprendió a leer ni escribir, y conforme pasaron los años, empezaron a llegar los hijos de los hijos de Ofelia, y así como mi madre me tuvo que dejar para seguir estudiando, mis primos fueron dejados para que sus padres pudieran “hacer otras cosas”. Francisca seguía cocinando, lavando, planchando, haciendo el mercado, enseñando a caminar sus sobrinos nietos y haciéndola de MAMÁ A TIEMPO COMPLETO.

Su historia no me pareció bonita. Su historia me hizo llorar y abrazarla, y seguir llorando entre el olor de sus dos largas trenzas. Ahora entendía porque Panchita nos había criado a todos, porque vivía con nosotros, porque todos mis tíos le decían “mamá”, porque nunca aprendió a leer y escribir y porque nunca hizo “su propia familia”.

“Es que yo siempre he sido opa, y Ofelia ha sido la inteligente” – me dijo, como intentando “explicarme” el porque de las cosas.

Opa siginifica tonta. Yo le dije a Panchita que ella nunca había sido “opa”.

“Por eso tu tienes que estudiar, sacarte todos los diplomas del colegio, ser el primer puesto, ir a la universidad como tu mamá y convertirte en doctora; para que no termine así como yo, que no tengo casa, ni hijos, ni marido. Tu tienes que tener tu casa, tu plata, tus cosas y ser una mujer guapa y grande– me aconsejó, con lagrimas en los ojos.

Y entendí que eso era lo que deseaba para mí, y también hubiera deseado para ella si hubiese podido estudiar, o si su hermana le hubiera compartido lo que sabia en lugar de “dejarla atrás”.

Ese día, a mis 4 o 5 años, me dejó de caer bien mi abuela Ofelia. Sus cariños me empezaron a parecer falsos y forzados, y empecé a notar aun con mas visiblemente que siempre prefería a mis primos varones por sobre las nietas mujeres. Si ya era una niña un poco “renegona y arisca”, me convertí en una niña “cuestionadora”: ¿Por qué? ¿Por qué mis tios no pueden lavar sus platos? ¿Por qué mis tíos no pueden cocinar? ¿Por qué Panchita no tiene un negocio como Ofelia? ¿Por qué si mis tíos no estudian, tienen que dejar acá a sus hijos para que Panchita se los cuide, por qué no se los llevan? ¿Por qué me dan la fruta más chica si yo ayude a dar la comida a los patos? ¿Por qué? ¿Por qué?

“Que contestona!”, “Que niña tan malcriada!”, “así no hablan las mujercitas”– fueron los comentarios que empecé a oír en casa; pero nunca de Francisca. Francisca solo tenía besos y abrazos para mí, y dulce de “mashca”.

Paso el tiempo y yo me fui a vivir con mis padres, a quienes siempre vi como hermanos mayores. Pasaron los años y una demencia empezó a afectar a Francisca y dejo de reconocerme. Quedé congelada en “Emilia de 5 años” y en “Emilia de 19 años” en su mente. Ella no recordaba haberme felicitado cuando ingresé a la Facultad de Medicina, no me reconocía de adulta, no sabía quien era mi hijo, y cuando me miraba sus ojos reflejaban un eterno vacío.

Con el tiempo, ya no quería ir a casa de mi abuela Ofelia, no quería ver a Francisca convertida en sombra y mujer marchita, no quería saludarla cuando estaba segura de que ella no tenía la mínima idea de quien era yo, y a pesar de tenerme sentada a su lado, le preguntaba a mis tíos: “¿Y no han traído a Emilia?”. Me dolía.

Mi madre no entendía mi dolor, ella creyó que yo dejé de ir a verla porque me avergonzaba mi pasado. Nada más falso. Mi pasado es lo que me hizo la mujer que soy.

Un día, Francisca se luxo el codo, y me llevaron a verla. “Ha venido la doctora a verte”– le grito en el oído una de mis tías, pues además ya se veía afectada de hipoacusia. La examine y le di tratamiento, al irme, Francisca me beso la mano: “Gracias”, me dijo. Y yo tuve que salir corriendo de esa casa. Me había convertido en doctora, como ella me dijo, pero ella era incapaz de reconocerme y de alegrarse por lo que yo había logrado. Que injusta y mala era la vida.

Pasaron un par de años y Francisca murió. Tenia 98 años. Mis tios organizaron un gran cortejo fúnebre al estilo de la gente de la sierra, con una banda que tocaba huaynos acompañando el cajón blanco de madera donde estaba el cuerpo de Francisca. Todos decidieron vestirse de blanco, y a mi nadie me avisó así que yo llegue de negro: me valían un pedo todos con sus huaynos, sus brindis, su borrachera “para llevar la tristeza” y sus llantos descorazonados. Yo caminaba atrás del cortejo y en silencio, lloraba en silencio.

En el cementerio, mi madre dio las palabras, y dijo:

“Francisca fue mucho más que una madre para nosotros, porque una madre cuida por obligación y Francisca nos cuido por amor….”

Eso era yo para mi madre: una obligación. Eso era Francisca para los 9 hijos de mi abuela: “Más que una madre”. ¿Pero alguno de ellos alguna vez le pregunto a Francisca, cual era su máximo sueño? NINGUNO. Ese día sentí mucha cólera y odio de ver a mis tíos y tías llorando como si fuera el fin de los tiempos o les hubiera caído el Armagedon, cuando en vida siempre estuvieron muy cómodos con que Francisca se desgastara criándole a sus hijos

A ti no te duele porque tú nunca la quisiste – me grito mi madre

No, si me duele. Pero Francisca se fue hace mucho tiempo. Si ustedes querían mantener un cuerpo postrado, con escaras y a duras penas vivo, era por egoísmo. ¡Francisca ya está en el cielo, y ojalá este haciendo lo que le dé la gana! ¡En lugar de estar criando hijos ajenos! – le respondí con la cara llena de lágrimas. Mi padre, como siempre haciéndola de árbitro, tuvo que intervenir y calmarnos.

Francisca somos todas. Todas las que alguna vez por amor, y no precisamente amor a un hombre, dejamos de lado nuestros sueños por apoyar los sueños ajenos. Dejamos de lado nuestro ser individual por pensar en un bienestar colectivo. Nos dejamos de lado a nosotras mismas y nuestro crecimiento, por ir a atender a un par de manitas que no pueden atenderse solas. ¿Pero hasta donde debemos ser Francisca? ¿Cuánto debemos abandonar? Ella fue amada en vida, pero debemos preguntarnos si realmente fue feliz o si prefirió anteponer la felicidad de otros a la suya misma. Yo creo que ella tenía un sueño, más grande e individual que la vida que llevo, por eso deseaba que yo tenga una carrera, una casa y “mi dinero”; porque si Francisca hubiera sido feliz con su vida quizá me hubiera dicho: “Ojalá algún día termines viviendo con tu hermano y criándole a sus hijos”, pero eso jamás me dijo.

Francisca me abrió los ojos al feminismo a muy temprana edad. Nuestras conversaciones y su vida misma, me enseñaron la desigualdad en la que nacemos y en la que vivimos, y que aún entre mujeres creamos más desigualdades y diferentes estatus entre “La soltera” y “La Casada”, ¨La que educada” y la “No Educada”; cuando entre mujeres deberíamos apoyarnos, hombro a hombro para salir adelante. Ofelia necesitó a su hermana, y recibió ayuda, pero ¿alguna vez pensó en pagarle un sueldo que Francisca pudiera ahorra y disponer para ella?, y el esposo de Ofelia, quien se vio beneficiado de los años sacrificados de Francisca: ¿Qué dio?, claro algunos dirán que eran familia, que le daba casa y cobijo, pero ¿de casa y cobijo se construye un futuro?

Aun me duele recordarla. Cada 8 de Marzo soy consciente que al día siguiente será su cumpleaños, y me duele más y me enojo más con el mundo, me enojo conmigo, me enojo con todos por el simple hecho de que Panchita, mi Panchita, merecía algo mejor: mejor vida, mejor salud, un sueldo, una jubilación digna, independencia, estudios, viajar, tener su propio dinero!

Gracias Panchita por dedicar tu vida a cuidarnos y limpiarnos los mocos. Perdónanos por tan poco. Espero que desde el cielo puedas ver, ya curada de la demencia, que soy médica, tengo un hijo, cuestiono el sistema patriarcal (y espero que otras también lo hagan y terminemos por erradicarlo) y escribo inspirada en ti: FRANCISCA LÓPEZ.

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