La historia de mi agresor: El psicópata que amé. Parte 1

Creo que el primer error que cometí fue idealizarlo. Lo ví, cuando era yo “una practicante”, y él estaba en fase de especialización (si, él era ya un residente de Medicina), y para mi era como haber visto al “Hombre de mi vida”. Era guapo, alto, tenia una sonrisa de mil angeles, y sonreía a todos sus pacientes con cariño. Lo vi, y me dije: “Si un día me caso, seria con alguien así de lindo”.

Un año después, cuando yo ya estaba de interna, “tuve la dicha” de rotar con él durante dos meses. Yo estaba encantada. Resultó que era super inteligente, de modales de caballero, tenia dotes de docente (pues me enseñó muchas cosas sobre la carrera), y un sentido del humor negro y sarcástico como el mio. En ese tiempo que fuimos amigos, también supe que salia con una que otra chica del Hospital y de la Facultad, todas eran muy guapas, y muchas otras lo buscaban y él simplemente no les hacía caso (así de atractivo era). El era tan maravilloso, que yo pensé: “Este tipo jamás se va a fijar en mí. Jamás!”. Lo idealicé.

Pasaron los meses, y mantuvimos el contacto a través de mensajes de celular y redes sociales. Y así llego el momento en que me invitó a salir.

Fue un día en que me moría de nervios, de ansiedad y de alegría. Fuimos por un café y la pasamos bien. La comunicación entre ambos se acrecentó a partir de ese día, y cada vez los mensajes se hacían mas coquetos, mas cariñosos y con cierto tinte seductor. Él me decía cosas que jamas nadie me había dicho, como que yo era una chica muy inteligente, que mi inteligencia era lo que mas admiraba de mi (“admiraba”, usaba esa palabra y sonaba tan lindo), que yo era tierna y le inspiraba un deseo increíble de protegerme (“Protegerme”, a mi, una chica que había crecido con experiencias feas), que yo “no era bonita, que yo era hermosa”, y que “jamás había conocido a alguien como yo”. Halagaba virtudes en mi que jamas nadie había halagado, como mi inteligencia, mi trato con las personas, mi tono de voz, mi expresión tan suelta, y mi actitud de “me llega el mundo” (como el le decía). “Eres tan libre”, solía decirme. Me enganché, me enganché totalmente. En nuestra siguiente salida, me dio un beso, y cuando yo quise darle otro, me dijo que no, “que un beso por hoy era suficiente”. En ese momento me pareció un juego, tiempo después entendí que todo era bien planeado.

Empezamos una relación hermosa. Él me esperaba a la salida del turno, me llevaba almuerzo o refrigerios, me prestaba libros (sin que yo se los pida), halagaba mis progresos y se mostraba interesadísimo en mi día a día (“Cuentame todo lo que hiciste hoy desde que te despertaste!”). Cuando empezamos a tener sexo, él se convirtió en la primera persona que me dejó expresarme, no me sentía avergonzada por mi cuerpo, ni por como estaba vestida (o como me desvestía) ni por lo que podía pedirle. “Solo se tú, y se libre”, me decía él, y así era yo. Me sentía divina, había encontrado un hombre que me dejaba explorar mi cuerpo y mi placer, a MI manera.

A los dos meses me rompió el corazón, y cuanto hubiese deseado que quedará ahí, que esa hubiera sido la primera y única catastrófica vez que me rompió el corazón, pero no, la vida no es tan buena. Aquel día vino a decirme que su ex pareja, la madre de su hija, estaba atravesando una enfermedad difícil y él tendría que estar a su lado, de modo que YO ya no entraba en su vida, YO me había convertido en una distracción, y el quería centrarse en cuidar a la madre de su hija, pues su hija era su vida y su hija estaba triste. Entendí su dolor como padre, y su bondad como “ex pareja”; le pedí que no me dejara de lado, pero el (“armándose de valor” como me dijo) me dejo.

Lloré días y días, iba a mis turnos, y regresaba a encerrarme en mi cuarto a llorar hasta quedarme dormida, y durante el día me sentía un bulto que se movía al ritmo de otros, al ritmo de órdenes de otros. Me sentía vacía y totalmente segura de que algo tan bello jamás pudo haber sido para siempre. Lloré muchísimo. Hasta que llego el día en que aun me sentía triste, pero estaba ya dispuesta a guardar ese recuerdo y seguir con mi vida. Fue en ese preciso momento que el reapareció, dijo que quería ser “al menos mi amigo”, y yo (tontamente) se lo permití.

Hasta esta fase yo ya estaba “enganchada” con este psicópata. Un psicópata integrado, es un depredador emocional. Él me había “vendido” su realidad, ya se había “idealizado” frente a mi, ya se había mostrado como perfecto y el novio amoroso estupendo, y yo ya me había convertido en un ser totalmente sometido a él con tal de sentir cariño y amor, del tipo de cariño y amor “que solo él” podía darme.

Volví a ser su amiga, pero a las semanas era nuevamente “su novia”, pero con la diferencia de que ahora yo ya no era su novia “pública”. Me decía que la madre de su hija seguía enferma, y el no quería causarle molestias y que ella pudiera pensar que en medio de “toda “esta desgracia”, él estaba continuando con su vida y tenia una novia más joven”, así que me pidió mantener todo con el mayor pudor y secreto posible. Me convertí en la “novia secreta, pudorosa y comprensiva”; en ese momento lo comprendí y hubiera comprendido cualquier cosa que el me dijera. En mi cabeza, él ya me había probado que me quería, que me aceptaba, y pues ser novia secreta o novia pública no me daba mayores beneficios en ese momento, así que muy convencida acepte.

La relación con el seguía siendo maravillosa, hermosa, y me seguía tratando como si yo fuera la mujer más increíble que el hubiera conocido, me llenaba de halagos y de cariño, seguía demostrando preocupación y seguía pendiente de mi. Yo le correspondía, si él me halagaba, yo le halagaba; si él destacaba mis virtudes, yo destacaba las suyas; si él me llevaba el refrigerio al trabajo, yo hacia lo mismo por el. Era una relación complementaria, perfecta, y hermosa; salvo por el pequeño detalle de que nadie sabia que teníamos una relación, pero él me decía que “el secreto” hacía todo mas interesante y que además, me decía,  “era solo un tiempo”. Todo entre nosotros era tan maravilloso, tenía al compañero y amigo perfecto, que eso del “secreto” no me afectaba en nada.

Yo me seguía enganchando.

Ahora, cuando puedo mirar hacia atrás, veo que mi baja autoestima, el rechazo que siempre sentí en mi hogar, y la falta de reconocimiento de mi familia hacia mis logros; hacían que ÉL fuera lo que YO SIEMPRE DESEE. Él me daba lo que nadie me había dado: seguridad, autoestima, reconocimiento, cariño, estabilidad y protección.  Él estaba actuando como debía actuar “el novio perfecto”. Él era un psicópata que estaba endulzando a su víctima para conseguir lo que quería, me estaba amaestrando, me estaba sometiendo y condicionándome con su cariño y aceptación. En ese momento yo me sentía en las nubes, y no habría imaginado jamas que lo peor, estaba por venir.

Yo le había contado que en mi adolescencia, entre los 14 y 17 años, fuí bulímica. Le conté sobre lo fea que me sentía al lado de mis compañeras de estudio, ellas siempre “flacas y regias”, y que siempre se burlaron de mi por tener “pechos grandes” pues me hacía lucir más gorda. Yo le había confiado esto.

Un día, no recuerdo como llegamos al tema, pero la conversación fue algo así:

Las chicas con las que he estado siempre han sido delgadas, flacas, finitas – mencionó él. 

– ¿Y yo que soy? Me estas tratando de decir algo creo… – le repliqué con una sonrisa, creyendo que quizá me iba a salir con una broma o un chiste. 

– Que eres la primera enamorada “robusta” o un “poco gordita” que tengo, creo que podrías ejercitarte más, ¿no crees?

Recuerdo que yo reaccione mal. Le dije que me parecía el comentario más estúpido del mundo. Recuerdo que el simplemente se paro del sofá donde conversábamos y se fue diciéndome “que no pensaba hablar con una inmadura estereotipada como yo”. Me apagó el celular un día entero, en que yo trataba de llamarlo sin éxito, y no tenía otra forma de comunicarme con el (pues no podía ir a su departamento porque “era su enamorada secreta” y en el mismo edificio vivía su hija y su ex), y entre en desesperación y llanto. Luego de 12 horas de llanto y no poder comunicarme con él, ya pensaba que: “yo no debía haber reaccionado así”, y tras 18 horas de llanto y soledad empece a creer que “Yo había exagerado y el solo me estaba dando una opinión y una sugerencia”. Cuando logré comunicarme con él, yo le pedí perdón. YO. Pues el estaba muy enojado conmigo por la forma en que había reaccionado, y cerro la discusión diciendo que “solo estaba preocupándose por mi salud, no es bueno ser gordo”.

Y ahí estaba yo, luego de esa pelea, metida en el gimnasio, haciendo todo tipo de dieta, probando todo tipo de plantas y hierbas naturales para bajar de peso; pero la ansiedad de no lograr bajar ni un gramo solo me provocaba más ganas de comer y más “hambre”, así que comía mucho (me daba un #Atracón) y luego de comer me sentía culpable y VOMITABA. Regresé a la bulimia sin darme cuenta, en un afán por ser una “enamorada de las flacas, como las que él ha tenido”.

Los atracones se pueden presentar a cualquier hora del día, pero son más frecuentes a partir de media tarde y suelen desencadenarse por estados de humor alterados, dificultades interpersonales, hambre intensa o sentimientos relacionados con el peso, la figura corporal o los alimentos. Se acompañan de sensación de falta de control y pueden reducir el malestar de forma transitoria, pero siempre van seguidos de sentimientos de culpa, autodesprecio o humor depresivo. 

Fuente: Asociación contra la anorexia y la bulima.

Algo similar pasó cuando me dijo que mi cabello se había puesto más oscuro, “que ya no era el mismo tono de rubio que tenía cuando lo conocí” (ya teníamos meses juntos en ese momento) y que a él “le gustaban las rubias”. Cuando le dije que no me gustaban los comentarios que estaba haciendo sobre mi cabello, procedió a darme la ley del “apagón de celular” de 3 días en los cuales llore muchísimo, y cuando volvimos a hablar, me dijo que “el color de mi cabello no tenía importancia”. Pasaron dos semanas y empecé a teñirme el cabello de tonos cada vez mas rubios.

Luego me dijo que “yo no vestía apropiadamente cuando salía a bailar con mis amigas”, que NO me veía vulgar, pero que un chico COMO ÉL jamás se fijaría en una chica que anduviera vestida como yo”. Poco a poco cambié las minifaldas y los escotes, por pantalones jeans y polos de color oscuro, y no me importó que mis amigas me dijeran: “Oye, ¿que te pasa? Si tu nunca te has vestido así?”, a mí solo me importaba que él me viera “apropiada” para ser su enamorada.

Quería agradarle, quería gustarle y que él siguiera enamorado de mi.

Había caído, y no puedo decir exactamente desde que momento, en “el mundo” de este #Psicópata (años después, aprendí que en psicología los llaman #PsicópatasIntegrados o #PsicópatasFuncionales).

Esto era solo el inicio.

Según el experto, los psicópatas integrados o “domésticos” (hombres y mujeres en igual proporción) son personas que tienen “una sofisticadísima capacidad para el mal, son incapaces de ponerse en el lugar de sus parejas, sentir pena, lástima o compasión por ellas”.

Sin embargo, distinguirlos no es nada fácil, ya que al inicio tienden a mostrarse como seres “encantadores, adorables, magníficos e intachables”, y cuando por fin se cae su máscara, dejan ver “el personaje siniestro que está ahí detrás”, afirma el psicólogo.

“Es como si te empujaran, te cayeras y después te acusaran de ser torpe”, expone Piñuel.

Psicólogo: Iñaki Piñuel.

Fuente: http://www.efesalud.com/psicopata-integrado/

Vídeo: Amores con psicópatas.

Dura 13 minutos, y es super didactico. Dale unos minutos.

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