A los 14 años decidí: No repetir la historia de amor (tóxico) de mi madre. #AmorRomántico

Cuando me han preguntado porque decidí ser madre soltera, siempre he respondido:

  • Porque siempre soñé con ser madre soltera. Desde los 15 años de edad.
  • Porque siempre soñé con ser madre, aún antes de soñar siquiera con ser profesional o soñar con casarme, y siempre lo planifiqué.
  • Porque cuando decidí estudiar medicina, sabía que mi carrera sería larga, así que planifiqué mi maternidad (terminando mis estudios, mi año de practica, mi año rural) y así poder concentrarme en la maestría y especialización, con mi hijo en brazos (total, con esfuerzo, todo es posible).
  • Porque no quería depender de un matrimonio para ser madre. Porque la idea de boda y maternidad, para mi no eran UN SOLO concepto, y habiendo llegado a los 29 años, no tenía al amor de mi vida pero ya podía mantener sola a un bebe, así que decidí tener un bebe y ya en cualquier momento de mi vida, mi corazón se abriría al amor. Si mi sueño era ser madre, mi reloj biológico no me iba a esperar; pero el amor simplemente ocurre en cualquier momento.

Todas estas razones son ciertas. Todas son verdaderas. Y si eres una de las personas a las que se las he dicho, ten por seguro que no te mentí al contarte esto.

Pero hay una razón más, quizá la más importante, y que hizo que esa chica de 15 años se soñara como madre soltera. Es una razón profunda, medular y en la raíz de todo. Déjame que te cuente lo que me toco vivir. 

Cuando era niña mi madre era mi heroína. Una mujer espectacular, hermosa, jovial, capaz de ordenar la casa entera antes de salir temprano a trabajar un turno de 12 horas completas, y aun así, llegaba a casa a revisarme los cuadernos del colegio. Mi madre me decía lo que debía hacer y como debía hacerlo; de niña yo odiaba eso pero reconozco que me dio disciplina, orden y seguridad. Mi madre tenia 34 años y cuando yo la acompañaba a comprarse un vestido, todos, pero absolutamente todos: le quedaban geniales. Mi mamá era hermosa, inteligente, jovial y disciplinada. Algunas cosas como que no fuera conmigo a mis actuaciones, o no me preparará la lonchera para la escuela, o no me llevara a mis ensayos de la banda o de la danza, me ponían triste, pero yo veía a mi mamá y en ese momento pensaba: “Bueno, esta muy ocupada”.

Cuando tenía unos 13 años sucedió la tragedia. 

Mi padre engaño a mi mamá, y a mi mamá el mundo se le derrumbo.

De pronto mi mamá, ya no era mi mamá. Ella se había convertido en una señora que llegaba del turno y se echaba a llorar en su cama, con la puerta del cuarto abierta para que todos la veamos. Era capaz de llorar el día entero, o la noche entera. Yo dormía, pero entre sueños escuchaba sus sollozos.

Mi mamá dejó de arreglarse y ponerse guapa, y entonces la bata de dormir (totalmente amorfa) se convirtió en su vestido de diario y empecé a verla así en la casa todos los dias.

Se la pasaba acostada en la cama, rodeada de bolsas de caramelos o chocolates, o tazones de fruta; mientras comía me llamaba: “Emilia, ven a acostarte a mi lado!”, me decía. Y yo iba a acompañarla. Podíamos estar tranquilas, comiendo ambas. Pero de pronto ella empezaba a llorar, y eso no era lo feo. Lo feo era que me decía lo malo que era mi papá, quien era la mujer que estaba con él, como se había enterado que estaban juntos, y me contaba todo lo malo que mi padre le había hecho (desde que fueron novios hasta el día de hoy). Ella lloraba como lloran los niños cuando se atrapan los dedos con la bisagra de la puerta, y yo aprendí a odiar a mi papá. Papá era el enemigo.

Mi mamá dejo de ser la mujer ordenada y empezó a ser la mujer que acumulaba cosas compulsivamente. Acumulaba zapatos, acumulaba carteras, acumulaba cosas rotas (floreros, porta retratos) y acumulaba pastillas para dormir. Un día se tomo 4 vasos de vino con varias pastillas para dormir, y se quedo profundamente dormida. Yo no sabía que eso era malo. Pero cuando llego mi papá del trabajo (a las dos horas que mi mamá había ingerido eso) me preguntó que paso y yo se lo conté todo, entonces mi papá se desespero y le hizo un lavado gástrico en su propia habitación. Fue horrible. Yo tuve que cuidar que mi hermano menor no viera, ni escuchara nada. Cuando mi mamá empezó a despertar se puso a gritar: “ME QUIERO MORIR!”, y eso si lo escucho mi hermano. Mi hermano de 8 años y yo, lloramos mucho esa noche.

Mi mamá dejo de ordenar la casa, y dejo, además, de darnos ordenes. De pronto era yo la que le revisaba los cuadernos a mi hermano menor para saber si había hecho las tareas, y cuando mi hermano desobedecía, era yo la que tenía que llamarle la atención. Ella seguía echada en su cama llorando, durmiendo o comiendo. Yo adopté una costumbre obsesiva por el orden, por ordenar mi cuarto, por ordenar la sala, por ordenar la cocina, por ordenar mi mochila de la escuela; y mi hermano se volvió un desordenado patológico incapaz de colgar su chaqueta en un perchero. Peleábamos todos los días por eso, y mi mamá no nos hacía caso.

Mi mamá funcionaba muy bien en el trabajo, ahí jamas perdió funcionalidad. Siguió siendo la mejor. Pero en casa, ya no era mi mamá, era un despojo lleno de tristeza y que solo hablaba para llamarnos la atención por hacer ruido o para hablar mal de mi papá.

Paso un año entero. Y mi mamá y mi papá se reconciliaron. 

¿Como me sentí? Traicionada. Se suponía que mi papá era el enemigo, y mi mamá lo perdono sin más. No me sentí contenta. Busque el momento adecuado y le pregunté, a solas, a mi mamá:

“¿Por que después de todo el daño que te ha hecho, y que nos ha hecho, le perdonas asi, sin más? Has llorado, has sufrido, y yo he sufrido contigo, y tú ¿lo perdonas?”

Su respuesta fue: “Lo hago por ustedes, por ti y por tu hermano, ustedes necesitan un padre”. 

Ese día toda mi vida cambió.

A los 14 años había conocido el amor destructivo, los chivos expiatorios que usa, el daño colateral que provoca, la frágil memoria que tiene y los daños permanentes que provoca.

Jamás recupere a mi mamá. Siguió andando en bata por la casa, y durmiendo todo el tiempo posible. Ocasionalmente lloraba y me recordaba que si se había quedado con mi papá, era por mi y por mi hermano.

Luego de eso, ese mismo año tuve mi primer enamorado: UN DESASTRE UNIVERSAL.

Para mis quince años tomé la decisión más importante en ese momento:

“Yo jamás voy a hacer sufrir a mi hijo por el amor que le tenga a su padre. Mi hijo no me verá llorando, durmiendo, ni rogando, ni tomando pastillas para dormir. Mi hijo no se decepcionará de su mamá. El amor por un hombre NO ME VA A DESTRUIR. Mi hijo no verá a su madre DESTRUIRSE por el amor a un hombre. Tendré un día a mi hijo, y no habrá un hombre a mi lado que quite mi atención de él.”

Entre los 15 años y los 28 años tuve otros enamorados y salí con otros chicos, hubo relaciones buenas, malas y peores; pero nunca cambie la decisión que había tomado. De hecho las relaciones malas reforzaron la idea de obviar la presencia de un hombre para convertirme en madre y criar a un hijo. Conocí lo que era sufrir de amor, y me conocí a mi misma llorando de la misma forma en que lloraba mi mamá por mi papá (y fue aterrador). Con cada vez que me rompieron el corazón, me convencí más que iba a ser inevitable sufrir de amor en una relación a largo plazo, me fui haciendo más fría, pero a la vez fui guardando más sentimientos y emociones dentro de mí (muchos miedos también).

Cuando nació mi hijo me descubrí a mi misma frágil y fuerte, llena de amor pero tan llena de miedo, y adoré a ese niño desde que lo oí llorar al salir de mi vientre. No hay día en que me arrepienta de criarlo sola, de dedicarle mi amor entero, mi tiempo libre, mis noches en vela y que sea “mi hombrecito”. Me encanta leerle y enseñarle como es el amor con frases como:

“El amor te cuida, el amor te protege, el amor no te hace daño, el amor hace que tú estes sano. Tú eres un niño inteligente y feliz por todo el amor que yo siento por tí”. 

 

“Las plantas crecen por amor”. 

 

“Yo te amo cuando lloras, yo te amo cuando estas de mal humor, yo te amo cuando ríes, yo te amo cuando tienes miedo, yo te amo cuando eres valiente, yo te amo cuando duermes, yo te amo cuando despiertas, yo te amo todo el tiempo”.

 

Y las veces que me ha preguntado: “¿Mamá, tu tienes esposo?”. Le he respondido:

“No hijo, no tengo. Cuando seas grande, puedes tener esposo o esposa o puedes elegir quedarte solo, así como yo, es cuestión de gustos”.

Mi hijo me sonríe y esa sonrisa es todo lo que necesito para dormir en paz, pues “no me tuve que quedar al lado de nadie para tener a mi hijo” y nadie “tiene que quedarse conmigo por el bien de un hijo”. 

 

7 comentarios sobre “A los 14 años decidí: No repetir la historia de amor (tóxico) de mi madre. #AmorRomántico

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  1. Comparto el 95% de tu post, yo pasé por situaciones similares aprendiendo a través de mi madre lo “feo que es el amor” y siempre me prometí lo mismo, hasta ahora lo he cumplido, es más, creo q mi hija me ha visto llorar solo con la película Coco, imagínate!! Pero en el camino he ido aprendiendo que eso que yo vivi de pequeña no era amor, y que no puedo cerrarme a tener una familia feliz por mis miedos, no todos los hombres son iguales, libera tus miedos y date una oportunidad. Besos

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    1. Lamentablemente una aprende de sus modelos “maternos” lo que es el amor. He empezando terapia hace dos años y voy entendiendo eso que dices, que lo que viví de pequeña no era amor. Voy abriéndome (aunque me muero de miedo) pero ahí vamos. Gracias por leerme y por el consejo. Un abrazo sororo.

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  2. He amado esa frase que has puesto al final de tu escrito, “No hijo, no tengo. Cuando seas grande, puedes tener esposo o esposa o puedes elegir quedarte solo, así como yo, es cuestión de gustos”, ese mensaje a tu hijo es un mensaje maravilloso de amor y tolerancia y respeto y simplemente grandioso. Un abrazo

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