Las madres que no hornean pastelitos

Es una contradicción que yo, la feminista, la mujer empoderada, y que promueve y busca que otras mujeres se empoderen, no me sienta feliz por la madre que me toco.

Mi madre es una excelente profesional. Competitiva, inteligente, incansable a la hora de luchar y de estudiar. Nunca se conforma. Hizo un máster, realizó un doctorado y ahora está haciendo otro máster (en otro tema); sin mencionar la innumerable cantidad de cursos a los que ha asistido como alumna y como ponente (en los últimos 5 años ha asistido más veces en calidad de ponente).

Mi madre es admirada por sus colegas. También es envidiada, pues claro no hay triunfo que se libere de la envidia. Mi madre es idealizada como un modelo a seguir en su profesión y habiendo sido madre a “temprana” edad (era estudiante universitaria cuando me gestó), todos le preguntan: ¿Cómo hizo para llegar hasta donde ha llegado? 

Las amigas y colegas de mi madre, me ven a mi y a mi hermano, y le preguntan: ¿Cómo hizo para educar a “tan excelentes hijos”?, le piden consejos de crianza, le cuentan problemas que tienen con sus hijos en espera de que mi mamá los ilumine con su sabiduría.

Pero yo, la hija feminista que marcha en protestas y grita “ABAJO EL PATRIARCADO!”, tengo el conflicto a diario, y lo percibo desde que era una niña:

  • Admiro a esa mujer que es inteligente, súper capa, mordaz, acuciosa, incansable para estudiar y trabajar, y que jamas se ha sentido conforme con lo ganado y siempre ha deseado.
  • Pero añoro el no haber tenido una madre capaz de abrazarme, de haberme hecho sentir valiosa y amada. Añoro el no haber tenido una madre que estuviera atenta a lo que me pasaba: cuando se burlaban de mí en la escuela, se burlaban de mi cuerpo fofo y gordo, y se burlaban de mis senos enormes y poco a poco me volví bulímica, cuando me deprimí y le robaba sus pastillas para dormir y las tomaba de a diez en diez. 
  • Admiro que siempre haya sido una mujer independiente económicamente, capaz de costearse sus gustos, costear su educación, comprar los medicamentos que mis abuelos y tíos necesitaron en algún momento. Admiro que aunque no era la hermana mayor de su familia, siempre se haya portado como tal, asumiendo el apoyo económico y moral a sus hermanos menores y mayores a ella.
  • Lamento que nunca me llevara de viaje a solas con ella. De esos viajes que se hacen madre e hija, solo a conversar. Yo deseaba eso más que una fiesta de quinceaños, más que tener ropa cara, más que el que me compraran un piano electrónico (que jamás aprendí a tocar). Deseaba un viaje solo con mi mamá, cortito, cerca, nada lujoso.
  • Admiraba en mi madre el hecho que hubiera decidido tenerme y no abortarme, a pesar de que su familia la echo de casa y le dió la espalda cuando se enteraron de su gestación. Se las arregló para tener dinero para alimentarse, para vestirme y alimentarme. Así y todo continuo sus estudios y se graduó con honores.
  • Lamento que siempre me forzara a pasar tiempo con su familia, que me obligara a ir al cumpleaños de su mamá y de su papá, que me obligara a saludar a mis tíos y tías cuando yo no quería saludarlos (porque simplemente no me daba la gana). Hubiera preferido que se ponga de mi lado cuando me quejaba de que uno de sus hermanos me hacía bromas pesadas, y que uno de mis primos era terriblemente abusivo conmigo desde que eramos niños; ¿por qué no me defendía de la misma manera en que defendía a sus hermanos si yo era su hija (su pequeña hija)?
  • Admiré y admiro como apoya a mi padre en sus decisiones, como estudiaban juntos cuando hacían el doctorado. Veía con admiración como conversaban sobre libros, historia, política y maestros. 
  • Pero nunca entendí el amor destructivo de mi madre hacia mi padre, ese amor obsesivo que hacia que ella siempre le reclamara tiempo, espacio y amor, y que se sostenía en la frase: ·”debemos estar juntos, por los niños”. Me dolía  ver a mi madre, “llorando de amor” por mi padre.

Veo en mi madre mucho avance, mucho progreso feminista. La independencia, el crecimiento personal, el interés por seguir aprendiendo y educándose, la decisión sobre su cuerpo y la constancia de sus decisiones. También veo como apoya a otras mujeres, las insta a crecer personal y profesionalmente; ha sido maestra y como tal ha seguido a sus alumnas en su desarrollo profesional siempre empujandolas a avanzar.

Pero soy yo la hija feminista de mi madre, de una madre empoderada economicamente, independiente al tomar decisiones laborales y respetada social y académicamente, y no me siento feliz de la madre que me toco.

Yo quería una madre de esas que salen en los comerciales que cocinan la cena, se sientan a cenar contigo mientras charlan y luego te arropan en la cama. Yo quería que mi mamá fuera a todos mis ensayos de baile conmigo. Yo quería que me llevará al médico cuando me diera la gripe, o que me llevara al médico para que este me recete vitaminas o cosas así. Yo quería que mi mamá me enviara refrigerio a la escuela, no me importaba si tuviera 15 o 16 años, yo quería llevar a la escuela algo hecho por mi mamá! No quería dinero para comprar alimentos a la hora del refrigerio, quería que ella me prepare algo.

Yo quería la madre que el patriarcado me dijo que era UNA MADRE, la madre al estilo “Serie de Televisión Familiar” y una madre menos atada al amor romántico (que probablemente ella también aprendió de alguna estúpida novela o libro romántico). Yo quería una MADRE que me incluya en su crecimiento. Yo quería que la maternidad de mi MADRE no tuviera que ser sacrificada, ni difícil ni “abnegada”, que sus padres no la echaran de casa por salir embarazada (como si embarazarse fuera un delito) y que no se sintiera juzgada por la sociedad (ni por sus hermanos) y que por años tuviera que compensar eso con una sobre-preocupación por su familia.

El Feminismo y la maternidad son conceptos que con frecuencia son enfrentados, muchas veces contrariados, quizá porque una mujer crece con influencia y cultura patriarcal (como debe ser, como debe actuar, como debe comportarse, como debe ser su vida, cuando gestar, cuando no gestar, etc), y cuando una mujer crece con esta influencia se adhiere a ella, a su ser, a su cultura y recae en la mujer (u hombre) que le toque criar o educar luego. Es difícil desprenderse de años de crianza patriarcal e impositiva, de direcciones asignadas sobre como debes actuar o como “debes hacer lo correcto”, y por tanto es difícil romper la cadena de educación de una abuela, a una madre y a una hija, y luego a una nieta. Quizá mi madre aprendió de su madre, “como debía ser una MADRE” y no le gusto la idea de ser así, quiso cambiar, ser diferente y no dedicarse a hornear refrigerios escolares todas las mañanas, pero yo crecí viendo series de TV donde las madres hacían “esas cosas maternales” para sus hijos y siempre desee eso.

El machismo y el patriarcado llega a todos lados, se filtra en cada relación y espacio de tu vida personal y social, y va cayendo sobre una generación y otra. Corta con eso. Ama a tus hijos, amate a ti misma, no sufras de amor y crece en cada esfera de tu vida.

 

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