Como criar a un “bully” y como no criar a una mujer.

Crecer en el mundo de mi abuela materna, a quien llamare Doña Bárbara, fue crecer en un mundo machista.
Me dejaron “ahí” desde los 6 meses. Mis padres, que en ese entonces eran estudiantes universitarios, me visitaban una vez al mes o cada 45 días de acuerdo a lo que su pobre economía les permitía.
No recuerdo cuando fue que empecé a notar la diferencia de funciones entre mi primo (el nieto segundo) y yo (la primogénita). Realmente había 3 primos y primas mayores a mí, pero para mi abuela no contaban dado que mi tía se casó sin su permiso.
Doña Bárbara traía fruta del mercado, cada día al regresar del trabajo y siempre mi primo bully escogía primero la fruta, o simplemente le daban la manzana más roja, el mango más grande, el pedazo más grande y jugoso de sandía, o si a mí me tocaba una naranja, a él le tocaban DOS!.
Cuando le preguntaba a mi abuela: “¿porque?”, ella siempre me decía: “Porque él es hombrecito, come más y debe alimentarse mejor”.
Yo no entendía esta respuesta. Cada día yo me despertaba a las 4 a.m., iba al corral de las gallinas a recoger huevos, alimentaba a los cuyes, cambiaba de agua a los gansos, patos, pollos y cuyes, ayudaba a recolectar cabezas de pollo (mi abuela se dedicaba a la venta de pollos en el mercado) y esperaba por mi recompensa: tripas de pollo frescas, para sazonar, freír y comer a mi gusto. Yo hacía todo esto, pero siempre nos tocaba la repartija de tripas entre mi primo y yo, pero él no hacia ninguna tarea. Mi abuela decía que él era más débil que yo, y que el frío le caía mal por lo que no podía levantarse temprano, aunque claro la que sufría de un-asma-no-tratado era yo, y la presencia de animales no era un punto a favor de mis sibilantes constantes, pero aun así había que ser útil en casa de la abuela Doña Bárbara.
No sé si alguien me encargo todas esas tareas, a pesar de mis alergias y asma, o yo las hacia porque sí, porque desde pequeña nunca me gusto sentirme inútil, nunca lo sabré y no me animo a preguntar.
No esta de más decir que la única tarea del primo-bully era jugar y alimentar al gran Danes de la abuela, mientras yo tenía a mi cargo los animales antes mencionados y cuidar a “los más pequeños” de la casa, mis otros primitos de 2 o 3 años, y hacerlos jugar sin que se lastimen.
Mi primo, era un bully. Gustaba de maltratar perros y gatos, pero estos al ser animales cuasi salvajes, siempre terminaban mordiéndolo o arañándolo “mortalmente”, razón por la cual Doña Bárbara se desvivía en llantos, cremas, rezos y golpes al pecho invocando a algún santo, para que él se recupere.
Cuando a mí me daba asma, Doña Bárbara me frotaba el pecho con mentol, me envolvía en periódicos, y me ponía unas 2 frazadas encima. Estoy segura que este método, al que denominé “tamal humano”, era su forma de cuidarme, pero también estoy segura que hubiera preferido que sólo se desviviera en llantos y rezara.
El primo-bully tenía protección de la CIA, el FBI, los carabineros, y todo poder que pueda tener analogía con el poder de mi abuela Doña Bárbara en la casa, y claro , la protección del mismo padre del primo-bully (quien además era el hijo varón primogénito de mi abuela, y su hijo favorito según mis tías).
El primo-bully podía pegar, golpear, pellizcar, empujar, quitarte los dulces, derramar tu avena encima de ti, lanzarte porquería de los patos sobre la ropa, quitarte los pollitos que estabas acariciando, e incluso decirte “That´s my spot”, #LikeSheldon, y te tenías que levantar a dejarle el asiento del sillón. Podía hacer todo esto y si te quejabas, Doña Barbara te decía cosas como:
“Entiéndelo, es pequeño”, “Déjalo, la próxima no le traigo fruta”, “No se pelea, no se golpea, no se devuelven los golpes”
Lo cual era gracioso (Y MENTIRA), pues el pequeño primo-bully pesaba 8 kilos más que yo y media unos 10 cm más, siempre le traían fruta, y él siempre golpeaba a todos. Si yo le devolvía los golpes, entonces era yo la abusiva porque él era pequeño (era mi menor por un año).
Así se forjo un bully en la familia.
Uno más, pues su padre había sido el hijo-bully de los 9 hijos que tuvo mi abuela, él que siempre golpeaba y le rompía los libros de historietas a mi mamá.
Así se forjo, en mí, la idea de que a él no le hacían nada porque ÉL era el nieto VARÓN. “Él es hombrecito hijita…” decía mi abuela, por lo cual podía comer lo que quisiera, golpear a quien quiera, hacer pataletas sin que se le llame la atención y ser cuidado y mimado con un cariño inmenso, tierno, sobreprotector que solo puede dar una abuela.
Creo que por eso me convertí en “Emilia, la malcriada”.
Emilia, la que devolvía los golpes, la que defendía a mis primos menores, la que le arrojaba porquería de pato en devolución, la que lo encerró una vez en una java de pollos y lo deje ahí un par de horas (claro que después de eso no me dieron fruta por una semana y a él le dieron mi porción)… ay pero ni que se fuera morir! Era gordito, no hacia frío, podía tolerar ahí más horas, además se quedó dormido en la java de lo que deduzco que estaba muy cómodo. Si, lo acepto, fui cruel al encerrarlo pero él le había cortado el cabello (unos 10 cm) a nuestra prima menor, así que se lo merecía.
Una vez también aguante una ronda de 15 minutos de golpes, que incluyó: patadas, puñetes y cabezazos. En esta ronda, ni él ni yo “ganamos”. De hecho, yo terminé en el hospital siendo nebulizada ya que presenté una terrible crisis asmática, y el primo-bully terminó en los brazos de mi abuela.
Pero esos 15 minutos de golpes y la crisis asmática posterior: lo valieron! Él había empujado y tirado al piso a mi pequeño hermano (que en ese entonces aprendía a caminar), y yo no iba a permitir esa clase de abuso: No con mi pequeño hermano.
A partir de los 4 o 5 años dejé de vivir en casa de Doña Bárbara, aunque cada cierto tiempo mis padres me llevaban ahí en una especie de vacaciones/visita a la abuela. Ahora que lo pienso: mis padres tenían una idea muy freaky de “vacaciones”, por lo que cada enero, febrero y marzo, me tocaba revivir todo en casa de Barbara.
La más grande victoria de mis batallas la tuve un día en que me batí con él a empujones. No recuerdo el motivo, pero si recuerdo la rabia acumulada que sentía en el pecho, recuerdo mis sibilancias asmáticas, y recuerdo que lo lancé contra el piso…. Claro que el piso era en ese momento cemento fresco, por lo que su figura regordeta quedo grabada parcialmente en él: un par de manos, una mejilla y una panza voluminosa. Mi tío, el hijo menor de mi abuela que en ese entonces cursaba la secundaria, no aliso el cemento fresco y dejó que este secara con esa figura y me dijo:
“Para que recuerdes que le puedes sacar la mugre si te lo propones, él no tiene por qué pegarte!”
Debo decir que siempre que veía esa huella de cemento, me daba risa y recordaba que podía pegarle. Hoy creo que esa huella de cemento me recordaba que podía defenderme.
Así se educó y formo a un bully, y así se educó y formó a una chica que nunca más quería sentirse la que querían menos por ser mujer. Pero también por un tiempo esta chica, llamada Emilia, creyó que los hombres tenían privilegios por el sólo hecho de ser hombres y renegué mucho por haber nacido mujer, ser débil, por tener asma, por no haber recibido más cariño de mi abuela y por no haber sido más defendida por mi madre. Crecí con un gran resentimiento que me acompañó toda la adolescencia.
No es la mejor manera de criar a una mujer pues siempre me pregunté (hasta no se qué edad de mi adolescencia) “¿hubiera sido más fácil si nacía varón?”, y creo que es una pregunta que ninguna mujer debería hacerse.
Así nació un bully.
Nunca entendí la jerarquía en casa de Doña Barbara, era obvio que ella llevaba la batuta de todo, del negocio, las decisiones familiares, la economía del hogar, la distribución de tareas, pero siendo tan mujer alfa y mi abuelo tan macho beta, nunca entenderé porque era tan cerradamente machista.
Yo no necesitaba crecer con miedo de que me pegaran, ni con el miedo de que nadie me defendiera, ni con la idea de que mi mamá no me creería nada de lo que le decía (pues mi abuela siempre disminuía todo en favor del bully: “ÉL no le ha pegado, solo estaban jugando”).
Creo que no era necesario crecer en Esparta hasta los 4 o 5 años, para aprender a defender mis derechos. Creo que hubiera bastado con que mi abuela me dijera que quería más a mi primo porque era hombrecito, y me hubiera ahorrado el crecer con miedo y resentimiento.
A los 4 o 5 años salí de la casa de Doña Barbará y llegué a la casa de mi abuela paterna, a quien siempre identifiqué con Madame Bovary, no por los amantes sino por la innecesariedad de sufrimiento y drama del que siempre se quiso rodear. Llegué a su casa por unos meses ya que “debía pasar más tiempo con mis padres”. Nunca olvidaré que el primer día en que mi primo mayor (de esa rama de la familia) me lanzó un “golpe al juego” ya que estábamos interpretando una escena de “Kung Fu” y yo le respondí con un golpe igual de intenso; Madame Bovary corrió hacia nosotros y nos fulminó con la mirada diciendo:
“¡SOLO SE GOLPEAN LOS BRUTOS! SI ÉL TE PEGA: ES UN BRUTO, Y ME AVISAS Y YO LO CORRIJO, PERO SI LE RESPONDES TE CONVIERTES EN MÁS BRUTA QUE ÉL, ¡Y YO NO VOY A DEFENDER A NINGÚN BRUTO EN ESTA CASA!”.
Mi primo me pidió perdón y yo sufrí una apoplejía emocional que me duro varios días, creo que por eso (y porque también le tenía miedo a Madame Bovary) siempre obedecí a mi abuela, aun en sus órdenes más raras, como leer el libro del Apocalipsis con ella o escuchar al “Hermano Pablo” (*) juntas.
Así se desarrolló mi niñez, entre vivir con Doña Barbara y vivir con Madame Bovary. No tuve hogar fijo hasta los 8 años de edad en que definitivamente nos convertimos en inquilinos de la segunda. Gracias a estos “hogares intermitentes”, desarrollé una adaptación camaleónica para vivir como “una salvajita” (palabra de Madame) cuando estaba en casa de Doña Barbara y como una “salvajita en proceso de domesticación” cuando estaba en casa de Madame.
Alguna vez de tantas, las consuegras se encontraron en una reunión. En esa ocasión Madame fue testigo de como el primo-bully y yo peleábamos puñete a puñete a vista y paciencia de la familia de Doña.
Ante lo cual Madame, con un gesto de preocupación, dijo:
– “Doña, si dejas que se golpeen entre ellos, él aprenderá que esta bien golpear y ella aprenderá que es normal que la golpeen”.
Entonces Doña respondió:
– “No Madame, estas conductas son solo de chiquillos, es solo un juego”.
Pues no Doña, 25 años después te digo que no era un juego, era una lección de vida que menos mal yo supere, pero el primo-bully, no.
Publicado por primera vez en Mis Notas de Facebook, 3 de Enero 2006.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: