El aborto de Lucía – I Parte

Teníamos 16 años y estábamos en el último año de secundaria. Ella era de mis mejores amigas y yo no podía dejarla sola en ese momento.

Mi amiga, a quien llamaré Lucía, se hizo una prueba de embarazo (de esas en que vienen con una tirita donde haces pis) y le salió positiva; luego se hizo la prueba de sangre en un laboratorio particular donde no hacían muchas preguntas, y le salió positivo de nuevo, y que además tenía 3 semanas más o menos. Fue ahí que me lo contó todo en el patio del colegio y yo me quede en shock, 1. porque ella se puso a llorar (y nunca sé qué hacer cuando la gente llora), y 2. porque me dijo: “prométeme que me vas a ayudar”. Y yo no entendía a qué se refería. Pensé que quería irse de su casa, y quizás querría quedarse en la mía unos días; o quizás querría avisarle a su novio (un chico de 18 años que estaba en la universidad. Sí, él era mayor de edad), quizás querría que la acompañe a contarle la verdad a sus padres (lo cual me daba demasiado miedo). Pero no, no era eso. Lucía quería que la ayude a abortar.

“¿Cómo te voy a ayudar con eso?” le pregunté casi alarmada y aún sin poder creer que estaba embarazada. La chica de 1.60 metros y 50 kilos que tenía delante mío, de cabello rizado y rostro de muñeca, que siempre conversaba conmigo en los recreos mientras comíamos Doritos, y a quien yo apreciaba mucho por su sencillez y carisma.

“Sólo acompáñame a hacer todo lo que tengo que hacer, tengo que ir a una clínica, o a una posta, o a cualquier lugar donde me hagan una ecografía creo. Y he oído de unas pastillas que se toman que te hacen abortar y son seguras, necesito conseguirlas. Ayúdame a conseguirlas” – Me dijo Lucia. 

Como ella seguía llorando, y unas niñas de unos 6 años se habían puesto a mirarnos a unos 2 metros, le dije que sí. Le hubiera dicho que sí a cualquier cosa que me propusiera, con tal que deje de llorar y de llamar la atención sobre nosotras.

Tres días después, un sábado, tuve que inventar mil excusas en mi casa para salir con ella a las 8 a.m. con rumbo a una posta (un centro de salud pequeño) porque ella quería hacerse una ecografía. Fuimos a una posta alejada, pero que de oído sabíamos que tenía el equipo de ecografías. Nos acercamos al módulo donde se sacaban los turnos, y nos dijeron que por ser menores de edad (se nos notaban los 16 años en la cara) no podíamos sacar turno solas. Ante el evidente puchero de Lucía, yo di un paso al frente y le dije a la señorita de las citas: “pero somos adolescentes, no niñas, y queremos atendernos. Si no traemos a nuestros padres, ¿quién nos puede atender? ¿No se supone que el Estado nos da algo así como educación y servicios en salud sexual gratis?”. La chica del módulo de citas se quedó mirándome incómoda, y me respondió que yo tenía razón, pero que el Estado nos garantizaba la atención con la obstetriz (no ecografías), y ahí sí nos podía mandar para que nos diera “consejería”. Entonces saqué dos turnos con la obstetriz. Dos turnos. De modo que a las 9 a.m., cuando la obstetriz llamó en voz alta nuestros apellidos, nos pusimos de pie ambas y entramos juntas a su consultorio (claro, mientras el resto de las personas en la sala de espera nos miraba con desaprobación y nos hacía sentir vergüenza de haber asistido a ese lugar).

Lucía le contó todo a la obstetriz. Le enseñó el resultado impreso de la prueba de embarazo en sangre, y le dijo que no quería al bebe. Que “necesitaba” hacerse un aborto. Entonces la obstetriz le preguntó algo que yo hasta ese momento ni había pensado: “¿Qué dice el papá del bebé?”. Entonces me tuve que enterar que el novio de Lucía había terminado con ella cuando se enteró que estaba embarazada. Él le había dado el dinero con el que ella contaba para los exámenes y el aborto, y le había dicho que no podía acompañarla a ningún lado pues “le daba vergüenza”, ya que el tenía 18 años y la gente se daría cuenta que era mayor de edad y había embarazado a una menor y podían denunciarlo (claro, sólo en ese momento le preocupó la idea de ser mayor de edad y mantener relaciones con una menor), no quería “problemas” con policías, ni denuncias, ni hacer pasar a su familia por eso. Le dijo además que ella no era la primera chica que pasaría por eso, y seguro podría sola, o que busque a una amiga que la ayude, pero que él no la ayudaría.

En ese momento odié a todos los hombres del planeta, en especial al imbécil ex novio de Lucía.

La obstetriz le dijo una de las cosas más estúpidas que había escuchado hasta ese momento: que ella (Lucía) debía contarle a sus padres que estaba embarazada y que el padre era mayor de edad, para que los padres lo denuncien y así el chico termine en la cárcel, y además se asegure así que le pasen una pensión de por vida para mantener al bebe (“¿cómo le iba a pasar una pensión de por vida si estaba en la cárcel?”, pensé yo), que podía empezar ese mismo día su primer control prenatal y sus vitaminas para la gestación, y claro, tendría que dejar el colegio (¡¿QUÉ?! ¿Eso le estaba diciendo una persona que fue a la universidad para estudiar sobre como dar consejería sexual a adolescentes?).

Lucía y yo, dos chicas bobas de 16 años, nos quedamos mirando a la obstetriz con más miedo en ese momento que el miedo que sentimos al llegar a la posta. Entonces Lucía se paró de su asiento, le dijo: “adiós, gracias”. Y nos fuimos. La obstetriz nos gritó al salir de su consultorio: “tengo sus direcciones, las iré a buscar y yo hablare con sus padres”. No, no tenía nuestras direcciones, ni siquiera nuestros nombres; pues habíamos dado datos falsos, así que jamás nos iba a encontrar. Salimos de ese lugar y caminamos sin rumbo, sin conversar entre nosotras. Sin saber qué hacer ni a dónde ir.

Luego de una media hora caminando, encontramos un lugar donde vendían postres. Entramos a comprar un par de tortas de gelatina. Nos sentamos, y entonces le dije:

  • “¿Por qué quieres hacerte una ecografía?”
  • “Porque leí que es la forma de confirmar cuánto tiempo de embarazo tengo. Las pastillas sólo sirven si tengo menos de 2 meses, al menos eso leí. Si tengo más de 2 meses, tengo que hacerme ‘otra cosa’” – me respondió.
  • “Lucía, entonces no te hagas ninguna ecografía. Prueba lo de las pastillas antes que pase más tiempo, en caso no funcione, ya sabes que tienes más de 2 meses y entonces te quedas sin dudas y vamos al siguiente paso. Siento que estamos perdiendo el tiempo, ¿no crees?”

Entonces decidimos que conseguiríamos las dichosas pastillas.

En el colegio de señoritas en que estudiábamos, todas habían oído de esas pastillas, las conocían de nombre y hasta había algunas que sabían por terceras personas cómo utilizarlas (la dosis). Entre nuestras compañeras, había una cuyo tío tenía una farmacia, y decidí ser yo la que hablaría con ella. Fui directa y le dije que le daría el dinero, pero necesitaba que ella me diera las pastillas, en la dosis que todas hablaban (4 tabletas) y que no me hiciera preguntas y que jamás le contara nada a nadie.

Afortunadamente, o eso creí hasta ese momento, ella también era amiga mía, así que aceptó. En dos días sustrajo de la farmacia de su tío las 4 pastillas y yo le di el dinero. Las pastillas costaron unos 300 soles (algo de 60 dólares).

Dinero: algo que Lucía tenía, afortunadamente, ya que el ex-novio – en su temor de ir preso – le había dado una cantidad grande, y aún si el dinero se acababa, ambas ya habíamos planeado de dónde sacar más dinero (venderíamos unas cuantas ropas nuestras). Éramos chicas de clase media alta, podíamos costear un aborto más o menos “seguro”, y no vernos afectadas por los abortos que se realizaban a 10 dólares en zonas alejadas de nuestra ciudad, donde la mayor parte de veces las chicas terminaban muertas o ingresadas al Hospital de la Región con una infección generalizada o sin útero. Creo que cuando pagué los 60 dólares por las pastillas me di cuenta que teníamos “suerte”, y fue la primera vez que pensé, en mi vida, en cómo sería un aborto de 10 dólares, ya que sólo había escuchado de ellos a través de los diarios y las noticias sensacionalistas de fin de semana que sacaban titulares como:

“Chica encontrada muerta en descampado, aparentemente se habría realizado aborto clandestino que salió mal”, o “Mujer de 35 años se realiza aborto clandestino con ganchillo y termina sin útero”, o “Mujer de 24 años es ingresada a Cuidados Intensivos por falla multiorgánica, aparentemente infección habría empezado en útero por aborto realizado en pésimas condiciones de salud”.

En ese momento decidí no pensar en esos titulares, pero que al menor signo de fiebre o “de que algo iba mal con Lucía”, yo misma la llevaría al hospital, no importaba si mis papas luego me castigaran de por vida, y así sus papas me metieran presa por encubrirla, pero no iba a dejar que mi amiga se muriera.

Lucía y yo decidimos que el fin de semana haríamos una especie de “pijamada” de sólo dos chicas en su casa, para acompañarla mientras tomaba las pastillas. De acuerdo a los “chismes” y “rumores” del colegio, Lucia debia tomar dos pastillas y además colocarse dos intravaginalmente. Los rumores decían que ella sentiría un dolor de vientre más intenso que el del periodo menstrual y que sangraría. Ella no quería estar sola esa noche, y yo temía dejarla sola.

Mis padres NUNCA me habían dejado dormir fuera de casa. Recuerdo que toda la semana me la pasé barriendo la casa, recogiendo las heces del perro, lavando los platos, evitando pelear con mi mamá, siendo la niña ejemplar y que siempre soñó mi madre; todo para poder decirles que a mis 16 años quería asistir a mi primera pijamada, la cual sería en casa de Lucía. Les rogué y les supliqué. Al cansancio de mis ruegos, ambos me dijeron que sí, pero que ellos me dejarían en la puerta de la casa de Lucía y me recogerían. Y así fue.

Llegó el sábado y mis padres me dejaron en la casa de Lucía. Yo llegaba con ropa casual, con una mochila donde tenía mi pijama, toallas higiénicas, paños húmedos, y no recuerdo qué otras cosas llevé (ahora ese día parece tan irreal).

(continua en siguiente post)

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