Dios no está en los Colegios Católicos

Dios no está en los Colegios Católicos

Al menos no en el que yo estudié.

Cursé mis estudios secundarios en un colegio católico dirigido por hermanas y en el descubrí a grandes amistades que hasta el día de hoy mantengo, y también descubrí que ahí no está Dios.

No me malinterpreten, no soy una fanática religiosa ni una acorazada de la biblia, creo en que existe Dios y que este prodiga el libre albedrío y el “ámense los unos a los otros”. Ahora Dios puede ser Alá, puede ser el Sol, puede ser Zeus, Ra, Ixchel (Centroamérica) o Krishna, depende de en qué cultura hayas crecido y aprendido; no es cuestión de raza, es cuestión de ubicación geográfica. Pues yo nací en una ciudad del Perú, donde la mayoría es Católica, así que crecí creyendo en un solo Dios, y que este era bondad (excepto todo ese rollo del Apocalipsis que sonaba a una hecatombe zombie).

Dejando la charla filosófica cultural de lado, estaba contando que estudié en un colegio católico, en él enseñaban profesoras laicas comandadas por una hermana de una congregación X.

Las profesoras nos trataban muy bien, eran amables, nos educaban con frases como “deben ser unas señoritas y portarse decentemente” o “la falda a 5cm por debajo de la rodilla de lo contrario se notificará a sus padres” o “no mojarse el cabello en los lavatorios del patio de ejercicio de lo contrario se les retendrá 30 minutos después de la hora de salida”, o cosas así. Mi salón conformado por unas 30 y tantas chicas era como cualquier salón de chicas en colegio católico: ruidoso, lleno de bromas, conversaciones en doble sentido (creo que ahí recibí mis primeras charlas de educación sexual), y con tráfico de maquillaje bajo los pupitres (y también de galletas dulces).

Cuando teníamos 15 años en una de las tantas tareas del curso de religión, el curso que más me desagradaba, nos asignaron organizar una especie de “procesión”. Se iba a “pasear” la imagen de la Virgen María por varias calles de la ciudad, aledañas a nuestro colegio. Cada 4 alumnas nos asignaron un cruce de calles o una calle. A mi grupo de amigas la maestra nos dijo: “a ustedes les toca la calle Gallo con Presto”, y con unos tres días de anticipación fuimos a buscar a algún vecino entre la calle Gallo con Presto que pudiera apoyarnos.

Las “procesiones” requerían que cada cierta distancia haya una “estación”, la cual estaba conformada por una mesa, flores y el cuadro de un santo. En estas estaciones los vecinos decían oraciones, peticiones y agradecimientos, en este caso, a la Virgen María que se estaba “paseando” en hombros de las alumnas. Una especie de representación de la visita de la Virgen a la tierra y su reencuentro con las personas.

 

Ejemplo de Procesión. Claro que la que debíamos hacer solo contaría con la asistencia de las alumnas de nuestro grado, unas treinta y tantas y las profesoras. Tomado de https://es.m.wikipedia.org/wiki/Procesión#

 

Mis tres compañeras y yo encontramos a un excelente señor al que llamaré Don Vito, que no sólo nos brindó la puerta de su casa, sino además mesas, sillas para los vecinos participantes, se ofreció a pagar por las flores y a avisar a sus vecinos el día de la procesión. Era muy amable, y su esposa el doble de amable que él (lo cual ya era bastante decir).

El día del “evento” llegamos a las 2 p.m. al colegio, distribuimos las tareas y todos los grupos de alumnas salieron a sus respectivas estaciones. La imagen saldría del colegio a las 3 p.m. y en un promedio de 2 horas recorrería todas las estaciones, regresando al colegio a las 5 p.m.

Mi grupo estaba muy contento en comparación a los otros grupos, los cuales se quejaban de que les habían tocado calles con vecinos poco colaboradores, donde no les habían querido apoyar, ni siquiera les habían abierto la puerta, y en algunas calles incluso habían sido acosadas verbalmente (“catcalling”) y querían terminar con “esto” lo más rápido posible. La profesora no dejaba de decirnos que lo que hacíamos era una “ofrenda” a Dios, que nuestro trabajo sería bien visto por Él, nos estábamos ganando una parte del cielo con nuestro esfuerzo,  y que nuestras quejas no eran bien vistas por nadie menos aún por Dios (creo que ella si era una fanática religiosa, no sé algo me dice que si).

Esperamos con el Sr. Vito, con su esposa y los 10 vecinos que él mismo había convocado tocando puerta por puerta.  La puerta de su casa lucia bella. Nosotras, las cuatro compañeras del colegio Católico habíamos traído flores para adornar la puerta de su casa, barrido toda la cuadra (con escobas prestadas por todos los vecinos), pusimos un mantel blanco bonito prestado en la mesa de la vecina, y un hermoso cuadro de “El Corazón de Jesús” (también prestado). Y esperamos.  Esperamos y esperamos.

Eran las 4 p.m. y la procesión no llegaba, no daba vistos de pasar. Era el año 1999 por lo que no era común tener celulares, así que una de nosotras tuvo que ir literalmente corriendo a buscar donde estaba el grupo de la procesión y ver porque se demoraban en llegar a nuestra estación. Nosotras seguimos animando a los vecinos de nuestra estación, incluso el Sr. Vito compró bocaditos y bebidas para convidar a los vecinos y hacer tolerable la espera. Veinte minutos después llego aquella que fue a buscar la procesión, y traía malas noticias:

“La profesora dice que hemos hecho mal la estación, que ella quería la estación en la calle Gallo, y no en la intersección de ambas calles. Le expliqué que ya estaba todo armado, que los vecinos están esperando la imagen de la Virgen y no podemos dejarlos plantados, pero me gritó, me dijo que nos iba a poner una mala nota por no haberla escuchado y que todo es nuestra culpa por organizar mal y…. (Mi amiga rompió a llorar)”.

Las tres restantes nos quedamos sorprendidas. Yo me quede con un sentimiento de impotencia típico de mi cuando alguien llora, nunca sé cómo consolar a alguien. Lo peor de todo es que el Sr. Vito había escuchado todo y había puesto una cara de molestia. La esposa del Sr. Vito abrazó a mi amiga, le dio un vaso con agua y la consoló, “no llores pequeña, no llores”, le decía. Creo que mi amiga era del tamaño de la señora, pero era tan tierno escuchar como le decía “pequeña”.

Decidí ir yo misma a hablar con la profesora, así que le pedí a mis amigas que entretuvieran de alguna manera a los vecinos que estaban ahí presentes y salí corriendo a buscar la procesión y a la profesora de religión. Recuerdo que corrí tan rápido y con tanta premura que me dió una crisis de asma, afortunadamente tenia conmigo mi inhalador. Con el pulmón casi en la mano llegué a alcanzar a la procesión que estaba a unas 3 calles donde yo me encontraba. Encontré a la profesora, rodeada de otras profesoras que hacían de chaperonas (claro, por si las alumnas se ponen a coquetear con los vecinos durante las oraciones, ¿verdad? #Sarcasmo).

Le expliqué que mis tres compañeras y yo habíamos entendido la indicación “calle Gallo con Presto”, y que ahí estaba la estación, que había un vecino llamado Sr. Vito que había colaborado mucho que no sería bueno hacerle un desaire, que no nos tomaría más que unos 20 minutos hacer un desvío para llegar a este lugar y que si quería mis amigas y yo podíamos cargar la imagen (de 6 kilos, si es que se le hacía muy pesada) hasta ese lugar en ida y vuelta, pero que por favor no hagamos un desaire a los vecinos ya que con mucho empeño habían preparado peticiones para la virgen y teníamos muchas ofrendas de flores. Literalmente le rogué.

La profesora me miró, y creo que era anormal la cólera que ví en su rostro cuando me dijo:

“He dicho que NO. Tenían que hacer la estación en la calle GALLO! Eso dice el mapa, la indicación! No es mi culpa que sean unas desorejadas! Son unas desobedientes! Unas malcriadas! No interesa cuantos vecinos esperen, no voy a cambiar la ruta!”

Me quede pasmada con su frase “no interesa cuantos vecinos esperen”, pero aun así intenté de nuevo apelando a sus propias palabras:

“Pero usted nos dijo que el esfuerzo que se hace es bien visto por Dios, hagamos el esfuerzo sólo por esta vez, será sólo un par de cuadras más. Si quiere pónganos mala nota, pero no deje plantados a los vecinos, por favor profesora se lo ruego”.

Me volvió a gritar, me grito tan fuerte que todas las que participaban en la procesión voltearon a verme y empezaron a cuchichear entre ellas. Yo sentí ganas de llorar, de pena, de impotencia y de vergüenza.

Regresé caminando a mi estación. Con el ánimo bajo y pensando cómo decirle a los vecinos que no llegaría la imagen. No me interesaba que me pusieran un 0, me interesaba como se sentirían los vecinos luego de haber esperado tanto y no recibir la imagen de la Virgen.

Cuando llegué a la casa del Sr. Vito, pasé delante de mis compañeras (todas con cara de decepción, pues mi cara lo decía todo) y le dije: “Sr. Vito no vendrá la imagen, ha habido un problema de coordinación y… (Procedí a culparme)”. Le dije que yo había escuchado mal la indicación, a pesar de estar segura de que la profesora dijo “Calle Gallo con Presto”, que yo había invitado a todos sin haber confirmado el punto de la estación y yo era la única responsable por este mal momento.

El Sr. Vito no se enojó ni un poco, recuerdo que me dijo que no me preocupara, que él le diría a los vecinos que había habido un problema y nada más. Y eso hizo eso. Sacó la cara por todas nosotras, por cuatro chicas hasta ese momento desconocidas y que se sentía muy avergonzadas por lo que estaba pasando. Recuerdo que la esposa del Sr. Vito, ante la decepción de los vecinos dijo:

“Pero aún podemos hacer una oración entre nosotros, ¿cierto? Pues empecemos. Yo quiero empezar dando gracias a Dios y a la Virgen por estas lindas chicas que me han ayudado a barrer toda la cuadra y con su fe me han recordado la fe que se debe tener a diario.”

Y todos los vecinos dijeron: Gracias Dios, gracias. Y de pronto todos, los diez presentes, uno a uno empezaron a decir sus oraciones en voz alta, y terminamos tomados de la mano rezando un padre nuestro. Fue muy emotivo.

El Sr. Vito y su esposa fueron amables, comprensivos, tiernos, y además un descanso en ese momento turbulento. Mientras ayudábamos a guardar las cosas, le contamos la verdad de lo sucedido con la profesora y la procesión, y entonces ví en el rostro de ambos esposos una gran seriedad. Al terminar esta labor nos tocaba regresar al colegio.

“Seguro en el colegio nos van a seguir gritando”, dijo una de mis compañeras. Y pues sí. Apenas la procesión regresó al colegio y se había dicho la última oración, la maestra nos volvió a gritar y nos dijo que esperemos pues iba a contarle todo, en ese mismo momento, a la Directora.

Yo solo deseaba que ese día acabara ya. Era un día horrible. No solo había sentido que decepcionamos a toda una cuadra de vecinos, sino que además nos habían gritado como les dio la gana, y ahora nos iba a tocar la llamada de atención de la directora. Seguro ahora iban a mandar a llamar a mis padres, ¿y todo porque? Por qué la profesora no quiso tener un poco de comprensión, paciencia, cariño, amor o cualquier sentimiento bueno en su corazón, y al menos dignarse a caminar un par de cuadras. Mientras las cuatro con cara de pena estábamos ahí, sentadas en una banca de la escuela. Entro el Sr. Vito al colegio, lo saludamos con mucho respeto.

“Sólo falta que venga a quejarse de que dejamos plantados a todos”, susurró una de mis compañeras y todas sentimos aún más pena. Él tocó la puerta de la oficina de la directora e ingresó, ni siquiera espero a que lo invitaran, fue en ese momento en que todas nos dimos cuenta que el Sr. Vito estaba rojo como un tomate, lucia molesto como un Troll encolerizado. Cuando entro a la oficina de la directora, todas como buenas chicas educadas, corrimos a pegar las orejas a la puerta para escuchar que pasaba; aunque no fue necesario, el señor Vito estaba gritando:

“Qué clase de fe y amor al prójimo le enseñan a sus alumnas! Mi esposa estudió en este colegio y jamás había visto a una profesora que no se le diera la gana de caminar un par de calles más para conducir una procesión con tal de no dejar a los vecinos plantados. Han hecho llorar a las chicas! ¿Para eso ustedes enseñan? ¿PARA HACER LLORAR A LAS CHICAS? Y para colmo usted es la profesora del curso de religión!

¿DONDE ESTA SU PACIENCIA, SU AMOR AL PRÓJIMO, SU TOLERANCIA, SU COMPROMISO Y SU BONDAD? ¿Tiene idea de con cuanto amor han preparado las chicas la estación en la puerta de mi casa? ¿Tiene idea de que habían preparado canciones, que han barrido toda la cuadra sin que hubiera necesidad de hacerlo, y han llorado de pena porque a usted no se le dio la gana de caminar? Espero que no vayan a tener una mala nota, porque si me entero que les han puesto una mala calificación vendré a quejarme aquí a la puerta de su colegio con todo mi vecindario y le contaré a todos lo altanera que son usted y su profesora de religión!”

Diciendo eso salió de la oficina, dió un portazo y se fue, no sin antes guiñarnos un ojo a nosotras que estábamos espantadas pues jamás imaginamos esos gritos en un hombre tan dulce y bondadoso.

Nunca nos pusieron una mala nota, ni mandaron a llamar a nuestros padres. Pero después de este impase la profesora nos hizo imposible el curso de religión hasta el día que terminamos el colegio (ósea por un año más).

Ese día aprendí que Dios no estaba en mi colegio. Que la profesora de religión era soberbia, manipuladora, intolerante y no tenía cariño alguno por sus alumnas. Que poco le importaba la procesión de la Virgen, en su significado de llevar la imagen a la mayor cantidad de personas posible, que lo que le importaba era cumplir con hacer una procesión al año y así poder completar su registro de notas. Que ella no se amilanaba ante alumnas llorosas que le suplicaban no en nombre propio, sino en nombre de otras personas totalmente desconocidas que esperaban una simbólica llegada de la virgen. Que la Directora, que era una religiosa, le creía a la profesora por ser adulta o por ser profesora, antes que a cuatro asustadas alumnas. Que ninguna profesora del colegio les pidió disculpas a los vecinos de la calle Gallo con Presto, ni a nosotras por habernos gritado, al contrario eso marco el inicio de una serie de momentos incómodos en los cuales la profesora de religión nos asignaba la tarea más difícil del salón, o nos llamaba la atención porque nuestros lapiceros hacían ruido al rodarse de la mesa de trabajo, o nos decía que cuando exponíamos “se notaba que no habíamos leído nada” (sin importar cuanto nos esforzáramos).

Esa procesión si bien nunca nos valió una calificación negativa, fue el inicio del bullying de la profesora de religión hacia nosotras cuatro, y en particular a mí ya que más de una vez me dijo: “Emilia estas como un poco gordita, debes dejar de comer tanto pan, sino los chicos no te van a mirar” y yo me sentí una verdadera ballena (ella jamás sabría que yo ya había empezado con la bulimia).

Dios no está en el colegio católico donde yo estudié sino allá afuera con el Sr. Vito y su esposa ofreciéndole un vaso de agua a mi amiga para que deje de llorar.

Dios está en el señor Vito yendo al colegio a defendernos, pues cuando tienes 15 años hasta la profesora más flaca y pequeña te parece un orco asesino dispuesto a despellejarte si es que no haces las cosas a su modo, y ese señor de la calle Gallo que sale de su casa a defenderte del orco se convierte en algo así como un Ángel de la Guarda.

En el año 2016, el Sr. Vito se fue al cielo, luego de una lucha contra el cáncer. Ha criado a dos hijos, ya profesionales y ambos se hicieron amigos mios con el tiempo. Sr. Vito este post va para usted.

 

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